"Voy a parafrasear a Brecht: hay obras buenas, y son valiosas; hay obras muy buenas, y son más valiosas aún; hay obras excelentes, y son para el recuerdo; y las hay importantes: esas son imprescindibles.
¿Y por qué, importantes? Porque presentan no sólo una muy elevada calidad teatral: también desafían el (mal) signo de los tiempos. Y en “Las adoro” sucede eso, y más.
Juanse Rauch, creador de “Saraos uranistas” y co-director de “Viento blanco” escribió una obra en la que dos actores de más de ochenta años, que son hermanos, entrecruzan sus monólogos sobre el oficio actoral, y debaten sobre una audición a la que los convocaron, así también sobre la invitación a volver a su pueblo natal para ayudar a salvar al teatro de las manos de una iglesia evangélica. Pero son, de algún modo, excusas. La obra es una gran excusa para hablar (también) de otras cosas.
Primero, para homenajear a los grandes intérpretes argentinos: algunos son nombrados en el texto; otros, aludidos en las actuaciones. Segundo, para instalar la ternura y la gratitud hacia un oficio tan difícil como fascinante, sin caer -en momento alguno- en lugares comunes o sensiblerías. Tercero, para retratar la vejez fuera de todo prejuicio o estereotipo agresivo: hay amor, hay reparación ante los dañinos mensajes habituales.
El infrecuente y genial talento de Juanse Rauch (con apenas veintiocho años) da cuenta de una pluma dramatúrgica que transita desde el humor irónico y corrosivo al musical, desde el grotesco hasta lo conmovedor. La escenografía de Gonzalo Córdoba, la iluminación de Facundo David se destacan entre muchos recursos exquisitos para dar la centralidad a dos jóvenes intérpretes que demuestran un sinnúmero de recursos artísticos (cantan, actúan, encarnan a personajes añosos) dignos de profunda admiración. Lucía Adúriz y Mariano Saborido son dos actores soberbios. Son dos intérpretes que ponen en lo más alto a una generación en la que no es muy común que el teatro sea más importante que la fama, en la que cultivarse raramente es prioritario a tener seguidores en redes sociales. Adúriz y Saborido ya ocupan un lugar que les permite recoger el guante de las buenas tradiciones de aquellos artistas imprescindibles.
“Las adoro” atrapa en todo momento por su poesía, belleza, por el amor entre sus personajes y por el amor al teatro, un oficio artesanal en un mundo hipnotizado por todo lo artificial. En ese contexto, el teatro no hace más que reconectarnos con lo que nos hace sentir vivos y con ganas de vivir. Por eso, entre otras razones, “Las adoro” no es buena, muy buena o excelente. Es importante, y eso no acontece fácilmente en ningún teatro del mundo. "
Crítica: Colaboración de Maxi Legnani