Norita nació en 1930 y hasta 1977 su vida fue más o menos como la de todo el mundo. Pero la mañana del 15 de abril de ese año, patotas paramilitares que operaban para la dictadura secuestraron y desaparecieron a su hijo Gustavo, que estaba casado y tenía un hijo, en la estación de trenes Castelar. Nunca más se vieron.
Desde ese momento marchó, nunca paró y no sólo acompañó a otras madres que buscaban a sus hijos desaparecidos, también lucho por causas urgentes tapadas por el barullo contextual de cada tiempo.
Gustavo estudiaba Ciencias Económicas y militaba en la Juventud Peronista en la Villa 31 de Capital. Nada más se supo de él. Solo que dio a luz a una nueva madre, con la M mayúscula, que desde ese día no paró de buscar y reclamar. Con cada ronda en Plaza de Mayo a lo largo del tiempo, su pequeño cuerpo tomó forma de símbolo; Nora se agigantó y se transformó en “Norita”, un emblema.
Luego de una intervención quirúrgica del pasado 17 de mayo por una hernia, esta situación se sumó a otras situaciones clínicas prevalentes y falleció en las últimas hotas. Falleció una parte de ella, sin embargo su briosa fuerza de luchadora transita cada calle y cada espíritu donde posterguen derechos u ocluyan identidades, Norita está, seguirá estando, como una presencia inmanente de cada una de nuestras búsquedas colectivas.