"EL CUARTO DE AL LADO"

por: 
Luis Bremer

En "el cuarto de al lado" está el misterio, casi tan guardado como los secretos de la sexualidad femenina que en 1880 eran celosamente reprimidos por la cultura machista reinante (aclaremos: aún más que hoy).

El científico explora la cura de la histeria y sin darse cuenta abrirá un portal de libertad entre sus pacientes. La histeria como manifestación de la represión tendrá una mecánica de tratamiento: la utilización del primer vibrador eléctrico.

El diseño de vestuario y escenografía, realizados por el multipremiado Eugenio Zanetti son impactantes y poco vistos en la escena nacional por su alto costo. Este espacio da lugar al viaje de la mirada del espectador en el tiempo y da verosimilitud a la historia que será desarrollada con alta ironía interpretativa, en momentos casi caricaturezca, por sus personajes.

Carrá y Cáceres trasladan su matrimonio a escena poniéndose en la piel de dos cónyuges distantes por el protocolo de la época, al cuidado de una recién nacida hija y con ciertas transgresiones (él busca descubrir, explorar e investigar en la ciencia y ella siente el mismo deseo en su vida de cambiar lo establecido).

La paciente, Victoria Almeida, es brillante en la composición de una mujer con permanente altibajos emocionales y la interpretación de un sinfin de orgasmos altamente creíbles a los que accederá gracias a la invención del vibrador eléctrico. Como actriz vuelve a demostrar Almeyda su alta complejidad y su paleta de matices emocionales y brilla nuevamente luego de su participación en "Espejos circulares".

Logran también excelentes momentos de clima en la puesta Esteban Meloni (un donjuan incurable y artista, que en definición psicoanalítica reprime su costado homosexual que saca a relucir con la pintura) y la genial Gipsy Bonafina que interpreta a la enfermera que también será atravesada en su experiencia por el invento del Dr. Givings (Cáceres).

Un momento para guardar en el corazón es la intensa ternura que componen Almeida y Bonafina en un tema musical hacia el final donde la calidez de sus tonos acompañan el albor del nuevo tiempo en la intimidad femenina.

La comedia acompaña, descoloca, induce, seduce y es muy efectiva en muchos segmentos. Un espacio metafórico para entender que la sexualidad maduró gracias a la curiosidad femenina que curó la chatura masculina a la hora del sexo. Podría ser más profunda en sus conceptos pero no es el fin del texto de Sarah Ruhl. Sí sugiere con una sonrisa todo lo que nadie se atreve a preguntar sobre el sexo más profundo, cambiante e inexplicable: el femenino.

Luis Bremer